Yakir Aharonov y David Bohm, en la Universidad de Bristol, publican en 1959 "Significance of Electromagnetic Potentials in the Quantum Theory", un artículo que revela una de las consecuencias más contraintuitivas de la mecánica cuántica: un electrón puede ser influido por un campo magnético al que nunca está expuesto físicamente. Los autores proponen un experimento mental en el que un haz de electrones se divide en dos y pasa por ambos lados de un solenoide largo cuyo campo magnético queda completamente confinado en su interior; fuera del solenoide, el campo magnético es exactamente cero en todo punto de la trayectoria de los electrones. Pese a ello, el cálculo cuántico predice que el patrón de interferencia observado en una pantalla tras el solenoide depende de la corriente que circula por él, es decir, del flujo magnético encerrado. Este resultado obliga a revisar una idea clásica asentada desde el siglo XIX: que el potencial vector electromagnético es solo una herramienta matemática auxiliar sin significado físico directo, y que únicamente los campos eléctrico y magnético tienen realidad física. Aharonov y Bohm demuestran que en mecánica cuántica el potencial vector tiene efectos medibles incluso en regiones donde el campo es nulo, revelando la no localidad como rasgo estructural de la teoría cuántica. El efecto, confirmado experimentalmente por Akira Tonomura en 1986 mediante interferometría de electrones con resolución sin precedentes, se convierte en piedra angular de la física de fases topológicas y geométricas cuánticas, con aplicaciones que van desde la física mesoscópica (corrientes persistentes en anillos) hasta la comprensión topológica del efecto Hall cuántico y el desarrollo posterior de la fase de Berry.