Roger Bacon, físico del Parma Technical Center de Union Carbide (Cleveland, Ohio), descubre en 1958 de forma accidental, mientras intentaba determinar el punto triple del carbono mediante un horno de arco eléctrico, la formación de filamentos flexibles de grafito casi perfecto —de hasta 5 micras de diámetro y 3 cm de longitud— creciendo en fase vapor sobre el electrodo negativo. Estos "bigotes de grafito" (graphite whiskers) presentan una resistencia a la tracción y una rigidez extraordinarias para su peso, y constituyen el punto de partida documentado de la industria moderna de la fibra de carbono de alto rendimiento. El propio Bacon estimó en su momento un coste de producción de 10 millones de dólares por libra, una cifra que ilustra lo experimental y artesanal del proceso inicial. A diferencia de los filamentos de carbono usados décadas antes en bombillas incandescentes (Joseph Swan, 1860; Thomas Edison, 1879) —que son hilos carbonizados para iluminación, sin función estructural ni propiedades mecánicas comparables—, el hallazgo de Bacon es el origen genuino de la fibra de carbono como material de refuerzo estructural, sin relación tecnológica directa con aquellos primeros filamentos de iluminación.