David Baltimore, en el MIT, y Howard Temin, en la Universidad de Wisconsin, descubren de forma independiente y simultánea en 1970 una enzima que contradice el llamado "dogma central" de la biología molecular vigente hasta entonces, que asumía que la información genética fluye siempre en una sola dirección, del ADN al ARN y de este a las proteínas. Ambos identifican que ciertos virus —los retrovirus, entre los que se encontraría décadas después el VIH— almacenan su información genética en forma de ARN, no de ADN, y poseen una enzima propia, la transcriptasa inversa, capaz de realizar el proceso opuesto al habitual: copiar su ARN viral en una molécula de ADN que se inserta después en el genoma de la célula infectada. El descubrimiento explica el mecanismo por el cual ciertos virus pueden causar cáncer al insertar material genético viral —incluyendo oncogenes— directamente en los cromosomas de la célula huésped, trabajo que Renato Dulbecco había comenzado a investigar en los años cincuenta estudiando cómo los virus tumorales transforman células normales en cancerosas. La transcriptasa inversa se convierte además en herramienta técnica imprescindible de la ingeniería genética, al permitir a los científicos convertir ARN mensajero en ADN complementario manipulable en laboratorio, y es la enzima diana de los principales fármacos antirretrovirales desarrollados contra el VIH a partir de los años ochenta.