Fuentes griegas clásicas —Esquilo, Jenofonte en su Anábasis, y Apolonio de Rodas— atribuyen a los cálibes, pueblo que habitaba la región montañosa del Ponto en el norte de Anatolia, el desarrollo de técnicas de temple y carburación del hierro para producir un metal endurecido equivalente al acero; de hecho, el propio término griego para "acero" (χάλυψ, chalybs, origen del latín chalybs) deriva del nombre de este pueblo. Es importante distinguir, sin embargo, entre esta atribución historiográfica de origen griego —que data la innovación hacia el siglo X a.C. de forma poco precisa— y la evidencia arqueológica directa: los análisis espectrométricos de artefactos de hierro de la región del Ponto muestran niveles significativos de manganeso (entre 1,45% y 4,65%) que permitieron la obtención de aceros endurecidos por carburación intencional, pero esta evidencia data más bien del siglo VII a.C., varios siglos después de la fecha tradicionalmente citada. La identidad étnica de los cálibes es también objeto de debate: mientras los griegos los consideraban escitas, algunos historiadores modernos los vinculan a pueblos georgianos o kartvelianos de la región. El caso de los cálibes constituye así un ejemplo claro de cómo una atribución técnica documentada por una tradición historiográfica concreta (la griega) puede no coincidir exactamente con lo que la evidencia arqueológica directa permite verificar de forma independiente.