Jacques Dubochet, en el Laboratorio Europeo de Biología Molecular, desarrolla a mediados de los años ochenta una técnica para congelar muestras biológicas tan rápidamente —enfriándolas en cuestión de milisegundos— que el agua que las rodea no tiene tiempo de formar cristales de hielo, sino que se solidifica en un estado vítreo amorfo que preserva la estructura de las moléculas biológicas prácticamente intacta y en su entorno natural acuoso, resolviendo un problema fundamental que había limitado severamente el uso del microscopio electrónico en biología: el vacío y la radiación del microscopio electrónico convencional destruían las muestras biológicas antes de poder obtener imágenes útiles. Richard Henderson, en el Laboratorio de Biología Molecular del MRC, desarrolla técnicas para obtener imágenes de proteínas mediante microscopía electrónica con suficiente resolución para distinguir detalles estructurales a nivel casi atómico. Joachim Frank desarrolla algoritmos matemáticos capaces de combinar miles de imágenes bidimensionales individuales de la misma molécula, capturadas en orientaciones aleatorias distintas, para reconstruir computacionalmente un modelo tridimensional completo de alta resolución. La combinación de estas tres innovaciones, perfeccionada y automatizada durante las décadas siguientes, transforma la criomicroscopía electrónica en alternativa complementaria a la cristalografía de rayos X capaz de resolver estructuras de proteínas que resultan imposibles de cristalizar, y resulta decisiva durante la pandemia de COVID-19 para determinar rápidamente la estructura de la proteína espiga del SARS-CoV-2, acelerando el desarrollo de vacunas.