Albert Einstein, nacido en Ulm (Imperio Alemán) y empleado como examinador de tercera clase en la Oficina de Patentes de Berna, publica en marzo de 1905 —dentro de su Annus Mirabilis— el artículo «Über einen die Erzeugung und Verwandlung des Lichtes betreffenden heuristischen Gesichtspunkt», en el que propone que la luz no es una onda continua sino que se propaga en cuantos discretos de energía —lo que Gilbert Lewis nombraría «fotones» en 1926. Einstein parte de la hipótesis cuántica de Planck (1900) y la extiende radicalmente: si la energía luminosa está cuantizada, el efecto fotoeléctrico —la emisión de electrones por metales iluminados, observada desde Hertz (1887) y sin explicación clásica— se explica de forma natural. Un electrón solo puede ser arrancado si el fotón incidente tiene frecuencia suficiente, independientemente de la intensidad de la luz; la energía cinética del electrón emitido es proporcional a la frecuencia, no a la amplitud. Esta predicción, radicalmente contraintuitiva desde la óptica ondulatoria de Maxwell, fue verificada experimentalmente por Robert Millikan entre 1914 y 1916 —Millikan esperaba refutarla y confirmó cada predicción. El artículo de 1905 es el acto fundacional de la dualidad onda-corpúsculo y uno de los pilares sobre los que se construye la mecánica cuántica. Sus consecuencias tecnológicas son directas y masivas: las células fotovoltaicas, los detectores CCD, los fotodiodos, los fotomultiplicadores y la fotolitografía empleada en la fabricación de semiconductores operan sobre el principio establecido en este artículo. Einstein recibe el Nobel de Física en 1921 —concedido en 1922— por este trabajo específico; el comité no cita la relatividad.