En 1988, Albert Fert, en el Université Paris-Sud de Orsay, construye superredes de hierro y cromo de hasta treinta capas alternadas, cada una de solo unos pocos átomos de espesor, y descubre que al aplicar un campo magnético la resistencia eléctrica del material cae de forma mucho más drástica de lo que predecía la magnetorresistencia convencional conocida desde el siglo XIX: en su estructura, la caída alcanza el 50% a baja temperatura. Fert bautiza el fenómeno "magnetorresistencia gigante" (GMR). El efecto surge de la dependencia del espín del electrón al atravesar capas sucesivas: cuando los momentos magnéticos de capas adyacentes están alineados en paralelo, los electrones de un espín determinado fluyen con poca resistencia; cuando están dispuestos en antiparalelo, la dispersión aumenta drásticamente con independencia de la orientación del espín. Fert publica su hallazgo en Physical Review Letters en el verano de 1988, el mismo periodo en que, de forma completamente independiente, Peter Grünberg observa en Alemania un efecto físicamente equivalente en una estructura de capas más simple. Ambos físicos se descubren mutuamente al coincidir como ponentes en una conferencia internacional sobre películas magnéticas ese mismo año. La sensibilidad sin precedentes de los sensores basados en GMR permitió, una década después, la miniaturización radical de los discos duros de ordenador, posibilitando el almacenamiento masivo de datos que hizo viables los portátiles modernos y los reproductores de música digital de bolsillo.