Desde finales de los años 50, Riccardo Giacconi trabajaba en American Science and Engineering (AS&E), una empresa de investigación en Cambridge, Massachusetts, en el desarrollo de detectores de rayos X transportados por cohetes suborbitales. El objetivo inicial del experimento del 18 de junio de 1962 no era buscar fuentes cósmicas: el equipo —Giacconi, Herbert Gursky, Frank Paolini y, como asesor desde el MIT, Bruno Rossi— pretendía detectar rayos X reflejados por la superficie lunar, financiados por la Air Force Cambridge Research Laboratories gracias a una gestión de Rossi ante el presidente de AS&E, Martin Annis. El cohete Aerobee 130, lanzado desde White Sands (Nuevo México), llevaba el detector diseñado por Paolini. Tras varios meses de análisis en su laboratorio, Giacconi, Gursky y Paolini concluyeron que la señal no procedía de la Luna ni de un fallo del instrumento, sino de una fuente real situada en la constelación de Escorpio, mil veces más luminosa en rayos X que el Sol en todas las longitudes de onda. Bautizaron el hallazgo como Scorpius X-1 (Sco X-1): la primera fuente de rayos X detectada fuera del sistema solar. El descubrimiento, confirmado en vuelos posteriores y publicado en Physical Review Letters, fundó la astronomía de rayos X como campo observacional propio y reveló la existencia de una población de objetos —hoy identificados como estrellas de neutrones y agujeros negros en sistemas binarios— invisibles para la astronomía óptica convencional.