Donald Glaser, en la Universidad de Michigan, inventa en 1952 un dispositivo capaz de hacer visible el rastro de partículas subatómicas: un recipiente lleno de líquido —típicamente hidrógeno líquido— mantenido justo por debajo de su punto de ebullición mediante una caída repentina de presión, de modo que cualquier partícula cargada que atraviese el líquido deja tras de sí una estela de minúsculas burbujas de vapor a lo largo de su trayectoria, fotografiable y analizable con precisión. La cámara de burbujas mejora sustancialmente la cámara de niebla inventada por Charles Wilson décadas antes, al permitir el uso de líquidos mucho más densos que el vapor de agua o alcohol, lo que aumenta drásticamente la probabilidad de que las partículas de alta energía interactúen con el medio y dejen rastros analizables. Construida a mayor escala por Luis Alvarez en la Universidad de California en Berkeley, la cámara de burbujas se convierte durante las dos décadas siguientes en la herramienta experimental estándar de la física de partículas, permitiendo el descubrimiento de numerosas partículas subatómicas nuevas antes de ser progresivamente sustituida por detectores electrónicos digitales en los aceleradores modernos.