M. Stanley Whittingham, trabajando para la compañía petrolera Exxon durante la crisis energética de los años setenta, desarrolla la primera batería funcional basada en litio, utilizando la capacidad del litio metálico para liberar electrones con gran facilidad, pero el diseño resulta inestable y propenso a combustión espontánea, limitando severamente su viabilidad comercial. John Goodenough, en la Universidad de Oxford, descubre en 1980 que el óxido de cobalto y litio puede actuar como cátodo mucho más eficiente y estable, capaz de generar voltajes considerablemente más altos que los materiales utilizados por Whittingham, mejora que se convertiría en fundamento de prácticamente todas las baterías de litio comerciales posteriores. Akira Yoshino, en la corporación japonesa Asahi Kasei, resuelve en 1985 el problema de seguridad pendiente al sustituir el litio metálico puro, inherentemente inestable, por un material de carbono capaz de alojar iones de litio de forma segura sin el riesgo de combustión espontánea, completando así el diseño de la primera batería de iones de litio recargable, segura y comercialmente viable. Sony comercializa la primera batería de iones de litio en 1991. Esta tecnología, ligera, recargable cientos de veces y de alta densidad energética, se convierte en la fuente de energía estándar de teléfonos móviles, ordenadores portátiles y, de forma decisiva para la transición energética del siglo XXI, de los vehículos eléctricos.