En agosto de 1984 Chuck Hull depositó la patente de la estereolitografía: un proceso que construye objetos tridimensionales capa a capa endureciendo resina fotosensible con un haz ultravioleta. La primera impresora comercial, la SLA-1, llegó al mercado en 1987. El cambio conceptual respecto a toda la historia anterior de la imprenta es radical: en lugar de fijar información sobre una superficie, la máquina fabrica objetos. La impresión 3D abre la manufactura digital distribuida — la posibilidad de producir piezas físicas desde un archivo, sin cadena de montaje — con implicaciones que van desde el prototipado industrial hasta la medicina regenerativa.