David Julius, en la Universidad de California en San Francisco, identifica en 1997 el receptor molecular TRPV1 utilizando capsaicina —el compuesto químico responsable de la sensación de picor del chile— como herramienta de búsqueda: Julius razona que si pudiera identificar el gen que produce la proteína a la que se une la capsaicina, habría encontrado un receptor sensorial real, y efectivamente descubre un canal iónico de membrana que se activa tanto por la capsaicina como por el calor físico doloroso, proporcionando la primera identificación molecular de cómo las células nerviosas detectan temperaturas elevadas. Ardem Patapoutian, en Scripps Research, identifica en 2010 una familia de proteínas completamente distinta, denominada Piezo, responsable de la mecanosensación: el sentido del tacto y la capacidad de detectar presión física directa sobre la piel u otros tejidos, mediante un ingenioso método experimental que presiona sistemáticamente células individuales con una micropipeta hasta identificar cuáles dejan de responder al eliminar selectivamente genes candidatos. Juntos, estos descubrimientos resuelven preguntas fundamentales de la fisiología sensorial que habían permanecido sin respuesta molecular durante más de un siglo desde los primeros estudios sistemáticos de los sentidos: cómo el sistema nervioso convierte estímulos físicos —calor, frío, presión mecánica— en señales eléctricas interpretables por el cerebro, conocimiento fundamental para el desarrollo de nuevos analgésicos dirigidos específicamente a estos receptores sin los efectos secundarios de los opioides convencionales.