El 30 de marzo de 1842, Crawford W. Long administró éter para extirpar un tumor sin dolor quirúrgico manifiesto. Fue el primer uso clínico documentado del éter como anestésico en Occidente, pero no publicó su experiencia hasta 1849, lo que permitió que Morton recibiera antes el reconocimiento institucional. Su caso ilustra la distinción crucial entre prioridad cronológica y legitimación pública.