Barbara McClintock, trabajando en aislamiento relativo en el Cold Spring Harbor Laboratory, descubre a finales de los años cuarenta, mediante el estudio meticuloso de patrones de coloración en granos de maíz a lo largo de generaciones, que ciertos segmentos del material genético no permanecen fijos en una posición del cromosoma sino que pueden desplazarse de un lugar a otro del genoma, activando o desactivando genes vecinos según donde se inserten. McClintock denomina a estos segmentos "elementos de control" —más tarde conocidos universalmente como transposones o "genes saltarines"—, y demuestra que su movimiento explica patrones hereditarios de coloración del maíz que no seguían las reglas mendelianas convencionales de herencia fija. El hallazgo contradice frontalmente la imagen dominante en la genética de la época, que concebía el genoma como una secuencia estable y ordenada de genes en posiciones fijas, análoga a perlas ensartadas en un collar inmutable. Décadas después de su descubrimiento, los transposones resultarían ser omnipresentes en genomas de bacterias, plantas y animales —incluyendo el genoma humano, donde constituyen aproximadamente el 45% del ADN total—, y se convertirían en herramienta fundamental de la ingeniería genética moderna para insertar genes de interés en organismos de laboratorio.