Los nabateos, pueblo árabe del desierto que controló las rutas comerciales de incienso y especias entre Arabia y el Mediterráneo desde el siglo IV a.C., desarrollan de forma independiente —sin volcanes cercanos que les proporcionasen puzolana, a diferencia de Roma— una fórmula propia de mortero hidráulico: cal hidratada mezclada con carbón, sílex y cerámica triturada como agregado hidráulico. La mezcla resulta completamente impermeable y resistente a la erosión, y permite construir cisternas subterráneas ocultas bajo la arena capaces de recolectar y almacenar agua de lluvia en pleno desierto; el secreto de la ubicación de estas cisternas se convierte además en una ventaja estratégica y militar frente a sus enemigos. A partir del siglo I a.C., a medida que se intensifican los contactos comerciales y políticos con Roma, los ingenieros nabateos fusionan su mortero impermeable propio con las técnicas estructurales romanas, lo que les permite construir en su capital, Petra, monumentos colosales, teatros de estilo romano y complejos sistemas de acueductos capaces de resistir tanto las riadas estacionales como la sequía extrema. Los nabateos no inventaron el hormigón romano ni lo redescubrieron de forma fortuita: desarrollaron en paralelo una solución hidráulica propia para un problema distinto —el almacenamiento de agua en el desierto, no la construcción de grandes estructuras— y la integraron después con la ingeniería romana mediante adopción y mejora, no mera imitación.