Yoshinori Ohsumi, en la Universidad de Tokio, resuelve el principal obstáculo que había mantenido congelado el estudio de la autofagia durante dos décadas: las células de levadura son demasiado pequeñas para distinguir sus estructuras internas al microscopio, y sus vacuolas degradan el material capturado con tal rapidez que los autofagosomas resultan invisibles. Ohsumi diseña una cepa mutante de levadura (Saccharomyces cerevisiae) deficiente en las proteasas vacuolares A, B y carboxipeptidasa Y. Al privar de nutrientes a estas células mutantes, los cuerpos autofágicos se acumulan sin degradarse, haciéndose visibles por primera vez bajo microscopía óptica convencional. El resultado se publica en 1992 (Takeshige, Baba, Tsuboi, Noda y Ohsumi —Ohsumi como autor sénior y director del laboratorio, no como primer autor). Con este sistema visual operativo, el laboratorio de Ohsumi realiza al año siguiente un cribado genético masivo sobre mutantes defectuosos en autofagia, identificando los primeros 15 genes esenciales del proceso (Tsukada y Ohsumi, 1993), inicialmente llamados APG y hoy conocidos como ATG. Este trabajo conjunto transformó la autofagia de una observación morfológica vaga en una disciplina molecular precisa, y le valió a Ohsumi el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 2016, como único laureado.