Hasta 1934, la física de materiales se enfrentaba a una contradicción matemática irresoluble: la teoría predecía que deformar plásticamente un cristal metálico perfecto requería un esfuerzo miles de veces mayor que el observado experimentalmente en metales reales. El físico italiano Vito Volterra había introducido en 1907 el concepto matemático abstracto de un defecto de línea en un medio continuo, sin conexión explícita con la plasticidad de los cristales reales. En 1934, sin conocimiento mutuo de su trabajo respectivo, tres científicos resuelven la contradicción aplicando esa misma idea geométrica a la estructura cristalina real: en Cambridge, Geoffrey Ingram Taylor publica en julio una teoría matemática y mecánica de la deformación plástica basada en el desplazamiento de defectos de línea, introduciendo además el fenómeno del endurecimiento por deformación (work hardening); en Berlín, Egon Orowan, físico húngaro recién doctorado, publica en septiembre una serie de artículos en los que describe el mismo defecto desde una perspectiva de cinética térmica, considerando su movimiento como un proceso activado por la temperatura; y, en la misma revista y prácticamente al mismo tiempo, Michael Polányi, físico-químico húngaro-británico, publica una formulación centrada en el esfuerzo necesario para desplazar el defecto a través de una red cristalina por demás perfecta. Los tres papers describen, con distinto énfasis matemático, el mismo objeto físico: un defecto lineal en la red atómica —la dislocación— cuyo desplazamiento, y no el deslizamiento simultáneo de planos atómicos completos, explica por qué los cristales reales se deforman con esfuerzos mucho menores que los previstos por la teoría de un cristal ideal sin defectos. Ninguno de los tres trabajaba en colaboración con los otros dos, y la coincidencia casi exacta en el tiempo —el mismo año, los dos papers alemanes en el mismo volumen de la misma revista— se considera en la historia de la ciencia de materiales el ejemplo de libro de texto de un descubrimiento independiente y simultáneo. Por separado, ningún artículo agotaba el problema; juntos, fundan la teoría de dislocaciones, marco conceptual que durante las dos décadas siguientes se desarrollaría hasta convertirse en la base de la metalurgia física moderna, permitiendo explicar y controlar de forma sistemática propiedades como la ductilidad, el endurecimiento por aleación y el comportamiento mecánico de los materiales bajo esfuerzo. Sin embargo, en 1934 la dislocación seguía siendo una hipótesis puramente teórica: nadie había observado una directamente. No sería hasta 1956, con el desarrollo de la microscopía electrónica de transmisión de alta resolución, cuando Hirsch, Horne y Whelan lograrían la primera observación directa de dislocaciones reales moviéndose dentro de un cristal metálico.