Gaston Planté, físico francés que trabajaba como asistente de cátedra en el Conservatoire National des Arts et Métiers de París, desarrolla en 1859 la primera batería recargable comercialmente viable: dos láminas de plomo puro separadas por un paño de lino, enrolladas en espiral y sumergidas en una disolución de ácido sulfúrico. Al año siguiente presenta ante la Academia de Ciencias francesa una batería de nueve celdas. A diferencia de la pila voltaica o de la celda de Daniell, que se agotan al consumirse el electrodo, la batería de Planté puede recargarse aplicando una corriente en sentido inverso, abriendo así la categoría de las baterías secundarias o acumuladores. El concepto básico de corriente "secundaria" había sido demostrado ya, sin embargo, por el físico alemán Johann Wilhelm Ritter en 1802-1803, usando discos de cobre y cartón empapados en salmuera, aunque sin ningún desarrollo práctico posterior; el mérito específico de Planté no es haber concebido la idea de la recarga, sino haber sido el primero en construir un dispositivo capaz de almacenar y liberar energía eléctrica de forma práctica y duradera. El diseño, mejorado posteriormente por Camille Faure en 1881, se convertiría en la tecnología dominante para el arranque de automóviles durante más de un siglo.