Phillip Sharp, en el MIT, y Richard Roberts, en el Cold Spring Harbor Laboratory, descubren de forma independiente en 1977, trabajando ambos con adenovirus, que los genes no son segmentos continuos de ADN como se asumía universalmente desde el descubrimiento del código genético. Mediante microscopía electrónica de híbridos formados entre ARN mensajero maduro y el ADN del que procede, ambos equipos observan que el ARN mensajero final es considerablemente más corto que la región de ADN correspondiente, y que el ADN forma bucles característicos al hibridarse con su propio ARN mensajero —evidencia visual directa de que partes intermedias del ADN no están presentes en el ARN final—. El hallazgo revela que los genes están compuestos de segmentos codificantes (exones) interrumpidos por segmentos no codificantes (intrones), que deben ser eliminados mediante un proceso celular llamado splicing antes de que el ARN mensajero pueda traducirse en proteína. El descubrimiento, completamente inesperado y que obliga a revisar la comprensión fundamental de cómo funcionan los genes en organismos complejos (a diferencia de las bacterias, donde los genes sí son continuos), explica además cómo un mismo gen puede producir, mediante combinaciones distintas de exones —splicing alternativo—, varias proteínas diferentes a partir de una única secuencia de ADN, multiplicando enormemente la diversidad funcional posible del genoma humano sin necesidad de un número proporcionalmente mayor de genes.