Osamu Shimomura, investigador japonés en la Universidad de Princeton, aísla en 1962 de la medusa Aequorea victoria una proteína que emite una luminosa fluorescencia verde brillante al ser expuesta a luz ultravioleta o azul, tras un proceso de purificación que requiere procesar manualmente cientos de miles de medusas recolectadas personalmente durante años en la costa del estado de Washington. La proteína, denominada GFP (Green Fluorescent Protein), permanece como curiosidad bioquímica relativamente marginal durante más de tres décadas. Martin Chalfie, en la Universidad de Columbia, demuestra en 1994 que el gen de la GFP puede insertarse en el genoma de otros organismos —inicialmente el gusano Caenorhabditis elegans— y que estos producen la proteína fluorescente de forma autónoma sin necesidad de sustratos externos, permitiendo marcar genéticamente y visualizar en tiempo real, mediante un simple microscopio de fluorescencia, células o estructuras específicas dentro de un organismo vivo. Roger Tsien, en la Universidad de California en San Diego, modifica la estructura química de la GFP para crear variantes que fluorescen en azul, cian, amarillo y otros colores, permitiendo marcar simultáneamente múltiples estructuras distintas dentro de la misma célula con colores diferenciables. La GFP y sus variantes se convierten en una de las herramientas más utilizadas de toda la biología celular y molecular moderna, permitiendo observar directamente procesos biológicos —desarrollo embrionario, progresión de enfermedades, actividad neuronal— que antes solo podían inferirse indirectamente.