Rainer Weiss, en el MIT, diseña desde los años setenta el concepto técnico de un detector de ondas gravitacionales basado en interferometría láser: dos brazos perpendiculares de varios kilómetros de longitud cada uno, a través de los cuales se envían haces láser que se recombinan al final, de modo que cualquier distorsión minúscula del espacio-tiempo causada por el paso de una onda gravitacional alteraría la longitud relativa de ambos brazos en una cantidad detectable mediante el patrón de interferencia resultante —una precisión necesaria del orden de una diezmilésima del diámetro de un protón—. Kip Thorne, en Caltech, desarrolla durante décadas el marco teórico necesario para predecir qué señales gravitacionales concretas deberían buscarse, en particular las producidas por la fusión de pares de agujeros negros o estrellas de neutrones. Barry Barish, también en Caltech, reorganiza y dirige el proyecto LIGO (Observatorio de ondas gravitacionales por interferometría láser) desde los años noventa, transformándolo de un esfuerzo experimental fragmentado en una colaboración internacional masiva capaz de construir y operar los dos observatorios gemelos necesarios en Estados Unidos. El 14 de septiembre de 2015, LIGO detecta por primera vez en la historia una onda gravitacional directa, producida por la fusión de dos agujeros negros de masas treinta veces la del Sol ocurrida 1.300 millones de años antes, confirmando cien años después la predicción teórica de Einstein de 1916 y abriendo una ventana observacional completamente nueva del universo, complementaria a la luz, capaz de detectar eventos cósmicos invisibles a cualquier telescopio electromagnético convencional.