Alexei Yekimov, en el Instituto Vavilov de Óptica Estatal de Leningrado, sintetiza en 1981 nanocristales de cloruro de cobre tan diminutos —de pocos nanómetros de diámetro, apenas unas decenas de átomos— que sus propiedades ópticas dejan de comportarse según la física clásica de los materiales y comienzan a regirse por efectos cuánticos de confinamiento: el color de la luz que estas partículas absorben y emiten depende directamente de su tamaño exacto, no solo de su composición química, un fenómeno sin precedente en la química de materiales convencional. Louis Brus, en los Laboratorios Bell, descubre de forma independiente en 1983 el mismo efecto en nanocristales de sulfuro de cadmio en suspensión líquida, y proporciona gran parte de la explicación teórica del fenómeno de confinamiento cuántico en estas partículas, bautizadas posteriormente "puntos cuánticos". Moungi Bawendi, en el MIT, desarrolla en 1993 un método de síntesis química que permite producir puntos cuánticos con tamaño extraordinariamente uniforme y calidad cristalina suficiente para aplicaciones comerciales, resolviendo el principal obstáculo técnico que había limitado su uso práctico hasta entonces. Los puntos cuánticos se convierten en tecnología comercial extendida en pantallas de televisión de alta gama (QLED), iluminación LED de espectro ajustable, y como marcadores fluorescentes de precisión en biomedicina para guiar cirujanos durante la extirpación de tejido tumoral en tiempo real.