En 1956, Paul Zoll y colaboradores publicaron en el New England Journal of Medicine la primera demostración exitosa de desfibrilación en pacientes humanos mediante electrodos aplicados sobre la piel del pecho, sin necesidad de cirugía. Superó el límite del trabajo previo de Claude Beck (1947), que requería tórax quirúrgicamente abierto. El aparato de Zoll usaba corriente alterna (AC) de alto voltaje y era del tamaño de un refrigerador, necesariamente conectado a la red eléctrica hospitalaria — limitación que Lown y Berkovits resolverían en 1962 con la corriente continua. El trabajo de Zoll demostró que la desfibrilación era viable de forma no invasiva y abrió la era de los desfibriladores externos.